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Hacia Ávila, o ¿por qué el mito orbita alrededor de la mística? | David Conte

Madrid, España

12/03/2014

Escuchando las intervenciones que tuvieron lugar la semana pasada, me pareció que había cierta contraposición entre el experimentar y el conocer. Como si la actuación o creación despejaran los moldes del conocimiento, para adentrarse en un vacío que involucra una experiencia. Y se me ocurrió que esto tenía bastante que ver con la idea de heredar los mitos, como algo abierto hacia el futuro y arraigado en nuestro presente (“notre héritage n’est précédé d’aucun testament”, siguiendo a René Char).


Pero en realidad creo que no es tan fácil, o más bien: allí se juega la dificultad de vuestra tarea.


Porque los mitos, aparte de brotar de un legado clásico y que tiende a considerarse como algo inmóvil y petrificado (la Medusa), ofrecen una construcción muy codificada. En otros términos, los mitos constituyen un nudo de significados extremadamente difícil de desanudar. No basta simplemente operar su reiteración para deshacer el nudo. Por ello la aproximación sólo es posible desde la inocencia o la ingenuidad (palabras que se repitieron mucho en vuestro coloquio).


El problema es cómo lograr esa ingenuidad, es decir: quitarle la etiqueta (o su nombre) al mito para liberar, dentro del significado, la experiencia de dicho significado. El desconocimiento es precisamente lo que se experimenta: preserva lo innombrado para liberar su sentido, que es otra forma –y a mi entender la más importante- de conocer lo que el mito significa, una anunciación (algo que se ofrece y algo que permanece a la escucha). En la experiencia puede llegar a reconocerse la potencia generadora del mito (siempre funda y genera un orden) como algo todavía no anudado.


Y todo esto tiene mucho que ver con la mística, con el léxico de la mística, basado en el vaciamiento, en la renuncia a lo que el conocimiento conlleva siempre como prejuicio y configuración, en el someterse a una desposesión que nos lleva a lo absoluto, no como verdad sino como potencia generadora. De hecho alguien como Valente se mueve en este territorio. Si decimos que ambos, mística y mito, habitan el tiempo de origen (Mircea Eliade), la idea sería acercarse a lo que en el origen es gestación y no fundación, cristalización antes de la forma, umbral antes del comienzo.


En conclusión: acercarse a los mitos a la manera mística es aproximarse a ellos sin saber lo que son ni lo que significan, y al hacerlo experimentar su capacidad para vertebrar el significado del mundo, en donde radica su más profunda verdad. De este modo la experiencia se resuelve en conocimiento, pero un conocimiento que ha de padecer y sufrir su propia ignorancia.

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